RECORRIDOS
Textos
de Marisa González
Recorrido 1> La historia de esta fábrica transcurre durante
tres siglos. Nace en 1898, como las macro fábricas de la arquitectura
del desarrollo industrial, catedrales del siglo XIX, muere un siglo
después, y sale a la luz de nuevo como documento en el siglo
XXI.
Esta exposición no pretende hacer una reconstrucción de
la vida de este testigo singular, de esta fábrica que producía
"el pan nuestro de cada día", el de todos
los bilbaínos hasta casi finales del siglo XX. Es un viaje a
nuestro pasado histórico, a nuestra memoria colectiva, visto
a través de una fábrica en Bilbao que fue testigo
de mi infancia. Su destrucción ha sido el origen de la idea de
este trabajo.
La arquitectura industrial del siglo XIX formaba parte del paisaje de
la Ría de Bilbao. La presencia dominante de la industria metalúrgica,
Altos Hornos y Astilleros entre otros, imprimieron a la ciudad su dimensión
y carácter, que la configuraron como ciudad básicamente
industrial. El producto de estas grandes industrias era ajeno
a la cotidianeidad del bilbaíno; eran su paisaje, su arquitectura
las que condicionaban su vida. No era éste el caso de la fábrica
Harino Panadera de Vista Alegre, ya que lo que transcendía en
el día a día era su producto. La edificación de
la fábrica, su arquitectura, su imagen, pasaba desapercibida
en la vida urbana de la ciudad, por estar oculta detrás de la
Plaza de Toros.
Esta fábrica era la más importante y de tecnología
más sofisticada de España en su género. Monopolio
hasta mediados de los setenta, llegó a tener hasta 1.000 empleados,
pero las crisis económicas y reestructuraciones se sucedieron.
Su monumentalidad imposibilitó adaptarla a los procesos, requisitos
y demandas del mercado de hoy, que imponen un concepto y diversidad
radicalmente opuesto a los procesos históricos de fabricación
y mecanización. Esta monumentalidad sería su mortaja.
El proyecto La Fábrica surgió de una visita a Bilbao,
mi ciudad natal, en otoño del año 1998, al enterarme de
su inmediata destrucción. Mi primera reacción fue de curiosidad
por conocer y fotografiar el interior, los entresijos de algo que tuvo
una presencia diaria en mi infancia. Intuía algo misterioso,
potente, arrollador. Aunque para mí tenía la carga personal
que para casi todos los bilbaínos, esta fábrica suministró
el alimento básico, durante casi todo el siglo y formó
parte de la memoria colectiva. Pero no ha sido importante para mí
sólo por su producción; además, estaba ubicada
lindando con la Plaza de Toros, a la que mi padre me llevó a
presenciar múltiples corridas, y con la Iglesia de los Padres
Franciscanos, donde hice la primera comunión y todos los sacramentos
posteriores, con lo cual su presencia física y misteriosa fue
una constante permanente. Sin embargo, la había olvidado hasta
que renació para mí, cuando ya había acabado su
proceso productivo.
Hice un viaje posterior sólo para documentarla, para atraparla,
para que quedara mi documento de todo aquello que ya no funcionaba y
al registrarla, retener y contener
su desaparición, la desaparición de un saber hacer ya
caduco, de unos artesanos hoy sin función, desplazados por las
nuevas tecnologías, que si bien se introducen
como un avance, terminan invalidando y anulando los procesos y técnicas
de producción vigentes ayer y en desuso en nuestros días.
Cuando recorría con mis cámaras los parajes desolados,
abandonados, con restos no sólo de la mecanización, sino
con rastros aún de presencia humana, comienzo a elaborar y reconstruir
su historia.
Recorrido 2> En un día luminoso, atípicamente bilbaíno,
recorrí la fábrica para registrarla con las cámaras.
Subí y bajé por escaleras de elaborados forjados, me encontré
con inmensas salas de máquinas que más bien parecían
locomotoras, los gigantes rodillos de amasamiento manual estaban aún
perfectamente alineados por tamaños. La escala de todo ello era
monumental. Naves de hornos inmensas que hacían que uno pudiera
reconstruir la situación aguardando la orden de que alguien accionara
la palanca o pulsara el botón para que comenzara la acción
y se pusiera todo en funcionamiento, hasta se podía sentir el
calor, el ruido de los motores y el olor de la masa. Recorría
los espacios blancos donde las grandes calderas de amasamiento permanecían
impolutas alineadas en largas filas. Entre los diversos silos de interior,
unos eran inmensos como capillas, otros como grandes tiendas de campaña.
Los artefactos de forma cúbica, de madera de caoba, con lonas
tubulares blancas en su interior, sirvieron para airear el proceso de
fermentación de la levadura; accionados por los motores, parecían
máquinas imposibles y tan sofisticadas que sorprendía
el que en algún momento hubieran tenido una función tan
elemental. Las naves de manipulación y producción estaban
perforadas y comunicadas en vertical por toboganes, pozos invisibles,
tubos multicolores que se entrecruzaban y que cada uno había
transportado en su interior y en vertical desde el sexto piso hasta
el sótano las diferentes clases de granos que descendían
de los silos a las moliendas, en cuyo recorrido, el polvo blanco llegaba
transformado en masa fermentada para entrar en los hornos y salir a
la flota de camiones que esperaban las hornadas de madrugada para iniciar
su recorrido a los más de quinientos puntos de venta, llegar
temprano y suministrar el pan, antes de que la ciudad despertara.
Recorrido 3> En el último piso me encuentro una nave de azulejos
blancos, toda ella acristalada y luminosa, vacía; era un espacio
extraño que podía haber pertenecido a un manicomio porque
sólo contenía diez celdas numeradas con su correspondiente
cartel y alineadas por parejas que recordaban a un espacio fuera del
tiempo y del lugar, como siniestros contenedores verticales de personas.
Desde esta sala que registré sobrecogida de forma exhaustiva,
pasé por unas terrazas para acceder a los tejados. Los que estaban
en la vertical de los hornos eran un bosque de chimeneas, los otros,
eran terrazas llenas de agua (usadas de aislamiento térmico),
estanques en los que crecían algunas plantas y cientos de peces
responsables de la presencia continua de gaviotas y otras aves sobre
la fábrica, creando un ecosistema peculiar. En estas terrazas
de agua se reflejaban y duplicaban los muros, ventanas, pilares, el
cielo y las nubes. Cuando la demolían, el agua de
las terrazas inundó el callejón de la Plaza de Toros,
y se veían caer especies de peces de todos los tamaños.
Era el único espacio alto de agua entre la montaña y el
mar.
Desde este espacio de difícil acceso, se dominaba la ciudad entera
de Bilbao, en primerísimo plano la Plaza de Toros casi completa,
con visibilidad de medio ruedo y los tendidos vacíos. Asimismo,
lindaban las múltiples líneas del ferrocarril eje Norte-Sur
que unían la ciudad con el resto de España por las que
pasaban los trenes cada tres minutos y los mercancías descargaban
dentro de la fábrica los vagones de trigo que procedían
de tierras secas y soleadas. Se comprobaba claramente cómo la
ciudad está rodeada de montes y evidencia por qué a la
ciudad se le llamaba el agujero, el bocho. Recuerdo que cuando vivía
allí, siempre tenía el límite de la ciudad presente,
porque al final de las cortas calles, tanto las horizontales como las
verticales, estaba visible el verde límite del monte.
Recorrido 4> El guarda seguía abriendo puertas y cerrándolas
tras de sí, conduciéndome en el laberinto, encendiendo
luces y en algunos casos antorchas que iluminaran la obscuridad de los
espacios abandonados. No sólo atrapaba con el film los espacios,
los objetos y las maquinarias, sino también con mis manos recogía
del suelo planos, repuestos, herramientas, carteles de seguridad y de
reglamentos1.
En el ala de las oficinas me encontré con los despachos de madera
con artesonados, la gran sala de juntas con una monumental mesa de madera,
que representaba el poderío de los propietarios y asistentes
al consejo de administración cuando se fundó a finales
del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX. El espacio central de
los oficinistas era una gran nave sin muros, gris y obscura, con la
iluminación de siniestros neones, pero aún se percibía
su historia y el sabor de haber sido un gran espacio de actividad y
orden. Por su apariencia decadente se veía que no había
pasado el tiempo y que permanecía tal cual lo construyeron, donde
todos los empleados administrativos compartieron el mismo espacio, mesa
con mesa, codo con codo en los grandes escritorios de a cuatro de madera
y hule. Los cajones vacíos estaban volcados por el suelo, donde
encontré montañas de documentos, notas, carpetas desgastadas
repletas de documentación, tratados teóricos sobre la
panificación del año 302, memorias, escrituras notariales,
cartas, los pequeños archivos de cada sección, los nidos
que los empleados guardaron en el cajón durante toda su vida,
hasta que llego el momento definitivo del cierre y ya consideraron que
no tenían ninguna utilidad.
Estos empleados congelaron la historia, la retuvieron, guardaron lo
que ellos consideraron imprescindible guardar, pero que ya sólo
tenía significado para ellos.
Las siguientes generaciones que les sustituyeron a lo largo del siglo
los conservaron con el mismo respeto y consideración, sin desprenderse
de ellos, conscientes de que cada uno formaba parte de la historia de
la fábrica y reflejaba de alguna manera lo que fue la historia
del Bilbao del siglo XX. Mi paso fugaz por estas oficinas fue apasionante
y frustrante al mismo tiempo, ya que iba recogiendo en una selección
improvisada y aleatoria fotos, repuestos, abriendo cajones y escarbando
en las pilas de papeles que cubrían el suelo, en fin, descubriendo
múltiples restos que iban apareciendo constantemente y que quería
poseer.
En el agotador recorrido de las seis plantas a pie pasamos por las naves
del gran almacén de trastos custodiados bajo llave, donde los
objetos se acumulaban y las montañas de útiles, que a
lo largo del siglo habían sido desechados y sustituidos, permanecían
arrinconados ordenadamente por el celo de algún empleado que
creía
en el reciclado, a la espera de encontrar alguna utilidad o función.
Cada elemento que despertaba mi interés lo encontraba repetido,
con lo que la necesidad de posesión se acrecentaba; invadida
por la agotadora oferta, desbordada e impotente, iba cogiendo lo que
podía con mis manos y las del encargado que colaboró,
quien sorprendido por mi entusiasmo hacia lo inservible, sin entenderlo,
pero respetándolo, me ayudó a arrastrar y cargar mi coche
hasta el límite, apenas sin luz ya, y preocupado por que acabara
pronto para que iniciara el viaje de vuelta a Madrid, sola, antes de
que anocheciera totalmente, no sin antes haber apartado múltiples
cajas con aquellos objetos que pude rescatar y pedir que desmontaran
y me enviaran el silo de interior de tres metros y medio de diámetro
que había fotografiado y grabado para evitar que las palas excavadoras
lo destruyeran.
Recorrido 5> Durante la noche, era una microciudad. La gran fábrica
de producción de harinas y pan tenía vida propia, porque
su actividad principal se tenía que realizar en horario nocturno.
Sus potentes y monumentales maquinarias funcionaban a pleno rendimiento
cada día de la semana, principalmente durante la noche; una actividad
frenética obligaba a resolver cualquier imprevisto técnico,
sanitario o humano en horas en que la ciudad estaba parada. Abarcaba
los oficios mas dispares. Los diversos talleres de reparación,
el dispensario bien equipado con médico y rayos X, el laboratorio
con químicos y técnicos lleno de fórmulas. Transportistas,
costureras, cocineros. Los talleres de reparaciones, contaban con sagaces
ingenieros, mecánicos, todos trabajaban con la presión
de que necesitaban solucionar los fallos y roturas al instante, de las
importadas sofisticadas maquinarias. Los ingeniosos artesanos y técnicos
eran capaces de inventarse sustituciones y repuestos para que las máquinas
continuaran la producción; el ingenio se agudizaba para reinventar
y poder reparar una pieza en mitad de la noche
a un horno que tenía que seguir funcionando. El tren de producción
no podía parar y dejar a la ciudad sin pan. Había también
un parque automovilístico con su consabido taller de reparaciones
de la flota de los camiones de reparto. Los surtidores de gasolina recordaban
las películas del oeste de los años 40.
Recorrido 6> "Flash-backs". Día 4 de enero de 1999
Jung Frau ("monte mujer joven"). En una de las cordilleras
más altas de Europa el día en que se produce la temperatura
más alta del siglo en el lugar, con un sol radiante, sigo elaborando
el proyecto de esta exposición dominando los glaciares, sentada
en la única piedra que no está enterrada en la nieve.
Parece imposible que en este entorno tan colosalmente blanco y gélido,
haya sido capaz de descender al subsuelo
de la gran fábrica de pan, a los hornos obscuros, al ruido de
todos los motores en acción, imaginando el personal a pleno rendimiento
en las negras noches del Bilbao gris
, así comienzo a reconstruir
mi infancia, para recordar mi vinculación a la fábrica
en destrucción. La fábrica de harinas y pan formó
parte de la memoria colectiva de la ciudad, no por su presencia física,
que estaba aislada de la vida urbana, sino por ser la única en
la ciudad que producía y abastecía todo el pan que se
consumía en ella, hasta el fin del monopolio en el año
1973. El recuerdo tiene otras connotaciones para aquellos niños
que sin haber vivido la guerra, sí sufrimos y participamos de
las cartillas de racionamiento con las que íbamos a por el pan.
Entonces viví las primeras muestras de solidaridad que recuerdo
en mi infancia, cuando aún muy pequeña, llevaba a la salida
del colegio, al mediodía, dos barras de pan a otra familia amiga,
unas casas más abajo, que tenía menos cartillas que nosotros.
Día 5 de enero, de nuevo en la misma cordillera blanca, pero
ahora en el pequeño observatorio desde donde se percibe la monumentalidad
del paraje en 360¼, vuelvo
a la fábrica e intento seguir reconstruyendo, recordando datos
y planificando contenidos. Dejo las notas e inicio un paseo por las
vías del funicular; a gritos me detiene un operario prohibiendo
el paso: había un cartel escrito en alemán que no entendía,
se acercó para explicarme el porqué de la prohibición,
por otro lado algo bastante evidente dada la encrucijada de vías
en la que me encontraba. Me vio con un libro en castellano. Él
era español también, de origen del Bierzo leonés,
casi en Galicia, hombre de cerrado acento y piel cetrina, acostumbrado
a la soledad de la montaña y de la lengua. Hablo con él
y le pregunto por el pan de su tierra en su infancia.
Parece que no le extrañó mi pregunta, porque fue de lo
más explícito dentro de sus limitaciones de expresión.
En aquel entorno me contó que, aunque cada uno tenía
un horno de leña en su casa, la costumbre de su pueblo era de
ayudarse entre vecinos, distribuyéndose el trabajo las familias,
compartiendo la hornada cada 15 días, de un único y sobrio
pan de hogaza, denso, seco y duro. Así eran las grandes y pesadas
hogazas que yo también recuerdo cuando en los veranos íbamos
a la meseta castellano leonesa por indicación médica para
salir de la humedad de Bilbao y así curarnos de la tuberculosis
que padecimos mis hermanos y yo cuando éramos pequeños.
También me contó con ilusión que su madre, cuando
estaban en fiestas, les hacía el pan con la misma masa, pero
con formas de muñecos, de rosca de corona para ponérsela
en la cabeza y aros de pulseras para sus hermanas. Mi última
pregunta fue: "¿hasta cuándo fue así?".
Al no saberlo con certeza, supusimos que hasta los años 60 en
que alguien comercializó el horno y lo convirtió en una
panadería. La conversación fue interrumpida porque llegó
el funicular que yo tenía que coger para hacer el descenso. Nos
despedimos y me marché.
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