DESTRUCCIÓN
Retórica
del simulacro en función de lo sublime
Textos Menene Gras Balaguer
"La intervención de la electrónica en el dominio
de las imágenes técnicas origina el incremento de los
recursos expresivos de la imagen, y, sobre todo, la demolición
definitiva y posiblemente irreversible del mito de la objetividad fotográfica,
en el cual se basan las teorías ingenuas de la fotografía
como signo de verdad o como reproducción de lo real". Arlindo
Machado, Machina e Imaginário1.
"El mundo es una ilusión, y el arte consiste en representar
la ilusión del mundo". Paul Virilio, Estética de
la Desaparición2.
"El efecto más importante de las nuevas tecnologías
es que la interacción se ha convertido en una opción para
los medios de comunicación de masas. Interactividad,
el brillante futuro para la industria de los medios tiene que salir
del laboratorio. Las restricciones o el acceso a las instalaciones hi-tech
pertenecen al pasado: por vía telefónica o por disco,
las estructuras de datos interactivas pueden llegar a todos los hogares.
El espectador, liberado de la necesidad de emprender viajes románticos
en busca de las obras, se está convirtiendo en un viajero de
datos que planea sobre la Red con una elegancia que eleva las playas
californianas al avión virtual".
Dieter Daniels, Strategies of Interactivity 3.
L a relación entre arte y técnica no es reciente, como
a veces se quiere hacer creer ante los descubrimientos que permiten
prever las nuevas tecnologías, al servicio de la formulación
de la expresión artística. Ésta ha existido siempre,
explícita o implícitamente. Si bien, lo que nunca dejará
de cuestionarse es si la técnica implementa el sentido de la
expresión artística o si aquélla se adopta como
el propio contenido, por cuanto a menudo se asiste a una especie de
confusión entre las funciones que se pueden asignar a la primera
y la utilización que haga de sus posibilidades el usuario. El
conocimiento y uso de las herramientas que las nuevas tecnologías
pueden aportar no es ninguna garantía para que los contenidos
del arte respondan a lo que supuestamente deben ser, de acuerdo con
el valor estético y artístico atribuible a una determinada
producción en un espacio tiempo dado. Contribuye a esta incertidumbre
el hecho subrayado hace tiempo por Stefan Morawski4 acerca de que el
arte atraviesa un período crítico, y de la necesidad de
adoptar estrategias que permitan abarcar la multiplicidad y variedad
simultáneas
de formas que aquél reviste; o, de igual modo, lo que plantea
Pierre Francastel5 como fondo del problema sobre si existe o debe existir
una oposición real entre los productos del arte y los derivados
de la actividad del hombre, que parece más difícil decidir
cuando se recurre a máquinas idénticas para su fabricación.
El ritmo de producción de las mismas es también equivalente,
sea cual sea el sector en el que aquélla se ubique, y es obviamente
el que ha favorecido la explosión de la estética fuera
de los límites institucionales que le había fijado la
tradición, tal como hace observar Gianni Vattimo6. Este autor
distingue claramente la explosión de lo estético tal como
se da en las vanguardias históricas, que conciben la muerte del
arte como supresión de los límites de lo estético,
y la explosión que se inicia con las neovanguardias bajo el impacto
de la técnica, favoreciendo e incluso determinando inevitablemente
una forma de generalización de lo estético. Por consiguiente,
la reproductividad, de la que aquélla
es susceptible, como anuncia Walter Benjamin, al que siempre se acaba
citando, resulta constitutiva de ciertas formas del arte, repercutiendo
significativamente en la estetización ampliada de la vida y de
la existencia por obra de los medios
de comunicación.
Pero es evidente que, pese a los cambios que se han impuesto en la experiencia
estética, el uso de los instrumentos que facilitan los nuevos
medios se ha convertido en una necesidad, por cuanto equivale a mayor
libertad para el ejercicio y experimentación de las formas posibles
o imposibles del arte. Su justificación es la capacitación
que les es inherente para potenciar el desarrollo del arte que corresponde
al presente histórico. No obstante, aquél no se puede
privar de la intencionalidad del sujeto que concibe sus formas; ninguna
máquina, por potente que sea, sustituirá la individualidad
del sujeto, que la inteligencia artificial nunca podrá superar,
como analiza Román Gubern en El Eros electrónico7.
El milagro del nuevo paisaje audiovisual causante del ocio electrónico
no hará desaparecer esta presencia humana, que es la que ha generado
su posibilidad. Por otra parte, la propuesta de este autor acerca de
la posición a adoptar ante la avalancha de imágenes electrónicas
en la que vivimos inmersos, indica la necesidad de no perder la capacidad
para sostener una conciencia crítica ante los fenómenos
que nos envuelven en una sociedad de la información y de la comunicación
dominada por el "desorden cultural". Las alteraciones aleatorias
que se imponen con los desequilibrios resultantes son consecuencia de
la crisis de identidad de las formas del arte
y de la cultura, a su vez producto de la hibridación y de la
contaminación de géneros en la sociedad del espectáculo.
Gubern recuerda los movimientos contraculturales de los 60 y 70, y propone
sustituir el término contracultura y lo que se entendía
por
el mismo, por el de cultura intersticial. Ésta ocupa, según
él, los espacios no abarcados por la oferta de los aparatos culturales
dominantes, de origen multinacional o local, que impone los grandes
modelos hegemónicos a los públicos globales que atiende.
Paradójicamente, encuentra también en la red su posibilidad
de realización y de consolidación, y equivale, en la actualidad,
a un principio de resistencia activa que mantiene abiertos ciertos interrogantes
esenciales.
Estas consideraciones iniciales se apoyan en el hecho de que la exposición
que este texto pretende introducir se ha concebido sobre la base de
las herramientas que las nuevas tecnologías ponen al alcance
de sus usuarios, pero supeditando las mismas a los contenidos que se
quieren formular, y no a la inversa, teniendo en cuenta que aquéllas
no pueden resolver su concepción. De hecho, también, como
se puede comprobar en la conversación con Marisa González
que se incluye en este catálogo, éstas y otras inquietudes
relativas a la producción artística, a su identificación
y legitimación, operan en la formulación de cada proyecto
que emprende.
En "La Fábrica", título del trabajo que se presenta
en la Fundación Telefónica, se percibe una voluntad no
sólo de investigar nuevas formas de representación, respondiendo
al proceso de trabajo que ha caracterizado su trayectoria desde los
inicios, sino también de adaptar aquéllas a los contenidos,
concediendo
una prioridad diferenciada a éstos últimos. Pero sin dejar
de proponerse conceptualmente sobre la base del entrecruzamiento del
"encuentro" propiciado por el azar y el ejercicio del reciclaje,
como es habitual en los procedimientos que emplea y suele adoptar como
método, sin que esto perjudique a la apertura de la obra. Tal
vez esto parezca insuficiente, si se pretende abarcar significativamente
su producción, pero esta limitación se descarta de inmediato
cuando su obra se perfila como resultado de una práctica artística,
cuya actualización discursiva se produce al manifestarse multidimensionalmente
en ámbitos de la acción que no pueden pasar desapercibidos.
El planteamiento del proyecto actual ha rebasado las previsiones que
se hacían visibles en trabajos anteriores, y que aquí
han adoptado dimensiones irreconocibles, en la medida en que se ha podido
organizar sobre la base de un tema no tratado previamente por la artista
y cuya imagen referencial se materializa en la arquitectura. El origen
se relaciona con unos datos que no son independientes de la biografía
personal. Siempre ha sido así en su trabajo, aunque en este caso
parece que se distancia de las figuras que habitan cotidianamente en
su imaginario.
La arquitectura deshabitada se convierte en un escenario corriente en
esta exposición, en la que parece prescribir la necesidad de
que la figura humana se haga presente para que el sentido de la obra
se realice, a diferencia de lo que suele ocurrir
en los trabajos anteriores de la artista. No obstante, la ausencia es
también una forma de presencia que se expresa a causa de una
existencia anterior en su obra y que no se puede eludir. Lo humano,
en cualquiera de sus manifestaciones, constituye la razón de
ser de su trabajo, en el que se excluye toda invención formal
gratuita, por cuanto se considera inútil y una finalidad que
el arte ya no puede contemplar. La artista decidió emprender
el proyecto de "La Fábrica", a raíz de una experiencia
personal por la cual tuvo conocimiento del derribo anunciado de la antigua
fábrica que abastecía de pan a Bilbao. Ciertas circunstancias
favorecieron su interés, dado el vínculo de la artista
con la ciudad de la que procede, y donde transcurrió una parte
importante de su vida. La incertidumbre inicial se debía tanto
a la fascinación que ejerció sobre ella la posibilidad
de apropiación interna de unos acontecimientos determinantes
que iban a tener lugar en un espacio exterior, como al desconocimiento
de lo que podía llegar a constituirse, a partir de una realidad
que iba a transformarse, a causa del derrumbamiento provocado de un
edificio, identificado durante mucho tiempo como símbolo de la
industrialización de la ciudad. La idea de poder trabajar en
el lugar de los hechos
era una oportunidad que se asemejaba a la que había precedido
proyectos anteriores, como la visita a la fábrica de Onil, que
fue decisiva para su trabajo sobre los muñecos. Los moldes industriales
a partir de los cuales se daba pie al proceso de fabricación
de los muñecos le permitieron experimentar con unos materiales
que hicieron evolucionar su trabajo, consolidando sus procedimientos
y la aplicación de los sistemas generativos. Su capacidad para
efectuar el simulacro de serialización, a imitación de
los modelos de producción industrial, que reproducen incesantemente
la copia de la copia sin que disminuya el valor comercial de la misma,
no implica que la diferencia se instale en lo que es aparentemente igual.
La artista defiende que ninguna imagen es igual a sí misma, pese
a las semejanzas que pueda guardar con la anterior o la posterior. El
argumento de esta exposición procede, como se ha señalado,
de unos acontecimientos en los que la autora se encuentra implicada,
casualmente, pero convierte en motivo para actualizar lo que el azar
pone a su disposición, y que ella ve susceptible de descomponer
y volver a componer, con ayuda de la tecnología, en función
de contenidos de expresión capaces de transformar la realidad
sensible. En el trabajo de Marisa González una de las características
más relevantes es la voluntad de experimentación y el
recurso a las nuevas tecnologías, por considerar sus herramientas
imprescindibles para el desarrollo de las formas del arte actuales.
La individualidad de su trabajo se completa con el uso que hace de las
"máquinas", término al que la artista recurre
muy frecuentemente, con la convicción de que éstas son
necesarias para que el desarrollo de la producción artística
contemporánea satisfaga su finalidad, como trata de insinuar
claramente en su trabajo. Éste,
a su vez, sólo es concebible desde la experimentación
y la investigación sistemática de la sintaxis que propicia
la articulación de un programa, determinando a su vez las formas
de realidad que se pueden abarcar. El ordenador, tal como se hace perceptible
en la realización práctica de sus propuestas, tiene la
facultad de hacer posibles intuiciones diversas que de otro modo no
tendrían cabida en un imaginario selectivo por naturaleza. No
obstante, siempre está presente el deseo de impulsar la redefinición
de la noción de "obra", porque su trabajo se caracteriza,
entre otras cosas, por la defensa de la interactividad, como se desprende
de las estrategias a las que ha recurrido insistentemente a lo largo
de su trayectoria para ponerla en práctica, sucesivamente, tanto
en sus experiencias con el "Copy art", el "Fax art",
como
en la Red. Edmund Couchot justifica la necesidad de suprimir toda separación
entre la obra y el público en una sociedad desgarrada entre el
tiempo de la historia y el tiempo individual del sujeto. Según
este autor, por otra parte, esta dimensión es fundamental para
que el arte se adecúe a su tiempo; la progresión indefinida
se opone a la noción de progreso, y si éste no se concibe
en lugar de aquél, no puede producirse el cambio. "Los cambios
radicales se dan cuando hay una relación entre el progreso y
el cambio de sentido"8. Éste último ha de afectar
recíprocamente a todo lo que abarca la economía simbólica
de nuestra sociedad para que sea determinante.
Su mundo recibe la posibilidad de ser y de acontecer desde la caja negra
del ordenador, aunque ella no pretenda formular una realidad sensible
a partir de la infografía, que, por supuesto, no desecha, al
considerar que el arte necesita de la técnica para su desarrollo;
lo cual, simultáneamente, implica que necesita alimentarse de
todos los lenguajes sobre la base de los cuales se organizan los sistemas
de comunicación humanos. No obstante, se ha de tener siempre
en cuenta qué es lo que se comunica y cuestionar el término
como plantea Derrida, al decir que "uno debe preguntarse si la
palabra comunicación comunica un contenido determinado,
un sentido identificable y un valor descriptible". La comunicación
es para él, en primer lugar, "vehículo, transporte,
o lugar de tránsito de un sentido y de un sentido uno"9.
La complejidad de los procedimientos que emplea la artista empieza en
una apropiación del objeto o artefacto, que suele ocupar un espacio
físico,
al que imprime un carácter específico, para proseguir
con la investigación de sus propiedades. Si bien, previamente,
se distinguen otros antecedentes que son los que constituyen el sistema
de relaciones capaz de articular una idea, un concepto
y su manifestación más externa. Se trata de nombrar y
fabricar una frase, aunque sea a partir de la demolición del
lenguaje y de la negación de su posibilidad de existir como un
organismo que se autoabastece con los elementos que lo componen.
De hecho, ninguna de sus construcciones metafóricas se puede
comprender si no es a partir de la justificación que se antepone
para la forma de existencia que les adjudica, y cuyo nomadismo es esencial
para su transformación y obviamente para hacer efectiva su posibilidad
virtual. La artista trabaja la "serie", imitando el sistema
de
producción industrial, mediante la máquina del ordenador,
cuya autonomía no excluye al sujeto que da la orden, para activar
su funcionamiento a partir de un objetivo específico. La máquina
es una herramienta que exige su trabajo, pero no es lo único
que cuenta en su producción, porque la decisión del sujeto
que le adjudica la finalidad es esencial. Ella no entiende el uso de
esta máquina, a no ser desde la posibilidad que le confiere su
potencialidad para configurar formas de expresión, que de otro
modo no se podrían concebir. El artefacto artístico cumple
esta función, y desde ésta misma se plantea su valor estético.
La serie es un resultado constitutivo del modo de producción
para el que la máquina se convierte en instrumento que genera
la energía motriz necesaria para imprimirle su carácter.
A su vez, la obra es producto de un cálculo invisible, y de un
diálogo en el que intervienen otras modalidades, sonora, gestual,
hablada, y a la vez de la inmersión, la navegación y la
conversación en la Red, donde intervienen otros agentes. Todos
estos aspectos, como indica Couchot, contribuyen a componer una nueva
jerarquía de lo sensible, que se hace efectiva en algunas propuestas
como la que se presenta.
Las "series" reconfirman sin cesar la posibilidad de reproducción
de un molde seleccionado, que cumple con las garantías del patrón
o modelo que se autoriza para facilitar la producción, con la
repetición indefinida del original, al que se suma el posible
error. En el "Viaje a Onil", la artista emprendía la
experiencia procesal en el desplazamiento que realizó hasta la
fábrica de muñecos ubicada en la provincia de Alicante.
Su intención era conocer directamente el proceso de producción
de los muñecos y recoger materiales que trasladaría a
Madrid, con ánimo de re procesar estas figuras anónimas,
animales muertos que evocan la precariedad del cuerpo humano inanimado.
La fragmentación de los moldes fue fundamental, en tanto que
simulacro de la fractalización del ser de lo humano, imposible
de concebir de otro modo, desde la orfandad del sujeto y la quiebra
impuesta por el dominio de la velocidad, cuya consecuencia más
inmediata es la desmaterialización física hasta convertir
la existencia de todas las cosas y de los seres en un mero movimiento
de aparición y desaparición simultáneo. Virilio
apunta respecto a esta conquista de la velocidad que "la cultura
tecnológica no ha hecho más que perfeccionar la apropiación
de los elementos motrices y acrecienta incesantemente nuestra dependencia
de los sistemas que regulan el sentido de la apropiación (contadores
de velocidad, tableros de mando, teleorientación...)"10.
Reciclar los moldes mencionados y convertirlos en imágenes mediante
el uso del soporte fotográfico y la correspondiente manipulación
manual y posteriormente mecánica, implicó la apertura
de un proceso sin determinar inicialmente, y que se prolongaría
durante un tiempo, mientras se ampliaran sus posibilidades de desarrollo.
La artista defiende que el reciclaje es un modo
de intervención que caracteriza sus actuaciones sobre una realidad
que ocurre accidentalmente y por azar, y que transforma adecuándola
a sus intenciones.
Su actividad propiamente empieza cuando se da esta circunstancia o situación,
en las que se siente, por así decir, atrapada por un hecho, cosa,
o imagen, que, por fortuito que sea, ejerce una atracción irresistible
sobre ella, mostrando posibilidades de su inclusión en un relato
personal e individualizado.
De hecho, en todo el trabajo de Marisa González se puede observar
la coexistencia de la tecnología más sofisticada con la
patología del sentimiento estético, que se expresa en
el lenguaje que remite a la proyección de un yo que se percibe
escindido
y cede al escepticismo de esta experiencia de conocimiento. Lo que se
plantea es actuar dentro de un sistema en el que se cuestiona el lenguaje
artístico mismo, pensándose desde el origen de su razón
de ser, y la finalidad de aquél que se quiere manifestar en el
acto de la forma artística, adoptando como fundamento y objetivo
las vivencias individuales. Para la artista el arte no tiene sentido
si no es a partir de su reintroducción en la vida, y si aquél
no sirve para posibilitar manifestaciones que de otro modo no podrían
darse. Pero, más que esto, lo que se hace constar fundamentalmente
es el hecho de que los lenguajes de las máquinas o los sistemas
de signos que procesan las máquinas son sistemas metalingüísticos
y metasemióticos, porque (estos signos) hacen referencia a otros
signos. Javier Echevarría, en su último libro11, utiliza
estos argumentos para diferenciar el lenguaje de las máquinas
y el de las personas. Estos otros signos no permanecen tan ocultos en
la obra de la artista, como puede parecer a primera vista, en la medida
en que ella se propone hacerlos visibles, anteponiendo su poder significante
a cualquier valor identificado con la aparente artificialidad de la
mera forma. ¿Cuáles son estos signos y a qué reenvían?
Ninguna de sus investigaciones, en el campo que sea, se ha apoyado jamás
en la simple indagación de la forma por la forma, ni en sus efectos
sensibles.
Su trabajo no puede desvincularse de lo que concierne a la condición
de lo humano y a su circunstancia, incluso cuando ésta parece
ausente. El sentido de la obra se encuentra, así, apresado entre
los límites de lo más esencialmente humano y en función
de las exigencias que ella plantea. Pero, al mismo tiempo, no se concibe
sin el compromiso con el discurso que abarca lo histórico, en
una mediación necesaria para su organización en un sistema
de signos que satisfacen una contribución al desarrollo de las
formas del arte, que, por otra parte, no puede entenderse
si no es a partir de su aportación.
La relación entre las formas del arte y la incorporación
de la técnica en la formulación de los lenguajes artísticos
se representa en su obra claramente, desde un inicio, sobre el supuesto
de que aquél no puede sólo evolucionar por la fuerza de
las circunstancias, sino que debe someterse a una dinámica en
la que interviene la intencionalidad del sujeto de la práctica
artística. El término evolución indica, por el
contrario, un simple movimiento que se da por inercia, mientras que
el término desarrollo implica más bien una causalidad,
que decide también la finalidad del mismo. La inmersión
en el mundo de las formas del arte se da en su caso, como en el
de muchos otros artistas, sobre la base de la necesidad de experimentar
y de concebir el arte como proceso en tanto que la única alternativa
de supervivencia de aquéllas. Esto, obviamente, supone no sólo
cierta incertidumbre sino también indeterminación en la
trayectoria de la artista. Cuestionar la vigencia de los lenguajes artísticos
al uso y la posibilidad de la obra retrasa y entorpece la producción
artística, teniendo en cuenta que ésta no se concibe como
simple multiplicación de artefactos que ocupan un espacio dispuesto
previamente para ellos. En el proceso no se resuelve, sino que más
bien se problematiza el sentido de la obra, que, por otra parte, recibe
un énfasis particular, por cuanto es precedido y recorrido por
una reflexión que relaciona y articula el valor artístico
y el valor estético de sus configuraciones.
La facilidad con la que los medios tecnológicos proveen de imágenes
virtuales, caracterizadas por su fugacidad, al usuario de las máquinas
hace olvidar a menudo que aquéllas requieren de un tratamiento
específico que avale su condición semántica. Es
decir, el milagro tecnológico no es de por sí equivalente
a un milagro artístico, porque la capacidad de producción
de la máquina no es tampoco proporcional a la que hace desarrollar
al artefacto artístico para adoptar una condición u otra.
A este respecto, Echevarría insiste en asociar las cinco tecnologías
de uso doméstico más frecuente: el teléfono, la
radio, la televisión, el dinero electrónico y las redes
telemáticas, en las que ve propiedades estructurales comunes,
pero también profundas diferencias, no sólo de grado sino
también cualitativas12. Esto le lleva a indicar la necesidad
de nombrar qué tecnologías son susceptibles de tener una
aplicación en la producción artística.
La "máquina", o las máquinas que se utilizan
para la producción artística, es una herramienta igual
que otra, que recibe y ejecuta las órdenes que envía el
usuario, y, por consiguiente, sea cual sea su capacidad, carece, no
obstante, de poder por sí misma para actuar con autonomía.
El sujeto que envía la orden es por tal motivo el responsable
del mensaje que emite y de la forma en cómo llega al receptor,
lo que a su vez requiere de aquél una intencionalidad mediadora,
que no puede reemplazar la inteligencia artificial. En el dominio al
que se hace referencia aquí, agrega algunas connotaciones a la
pérdida de identidad del artista, forzando el dispositivo que
trata de cerrar el círculo, en virtud del cual se mantiene la
jerarquía entre artista, obra y espectador, hasta suprimir los
obstáculos que impiden la incorporación de éste
último, cuya reacción se convierte en parte de la obra
misma. Uno de los proyectos de trabajos interactivos más paradigmáticos
es "The Legible City" (1987-1991) de Jeffrey Shaw, la ciudad
que se convierte en palabras, frases y párrafos, ordenadas urbanísticamente
y por entre cuyas calles se puede circular como por una avenida bordeada
de edificios, precedido de "The Narrative Landscape" (1985-1995),
de idéntica naturaleza, y a los que se suman muchos otros, inclusive
la "Fax Station" organizada en el Círculo de Bellas
Artes por Marisa González, hace unos años, o la experiencia
más reciente, el CD ROM presentado en la edición de Arco
2000, o la propuesta que lanza en la Red con motivo de esta exposición.
No todas las producciones artísticas en las que se ha recurrido
para su constitución a los medios tecnológicos son de
por sí válidas, y menos aún aquéllas que
se proponen como simples ejercicios prácticos, sin siquiera saberlo.
La dificultad para juzgar el valor artístico y el valor estético
de una producción radica en la definición misma del producto,
cuyas apariencias se confunden con las de cualquier artefacto o cosa.
Existen, sin embargo, indicadores que señalan la presencia o
proximidad del hecho artístico y que trascienden la mera forma
sensible.
En idéntica medida, es preciso subrayar que, en la obra de Marisa
González, el discurso que traspasa la apariencia de la imagen
es ineludible y una exigencia que ella se plantea con ánimo de
cumplir con las reglas del juego. Carece de interés para la artista
el formar por formar, y de ahí también que la duración
de un proceso que conduce a la obra o producción final sea el
resultado de una elaborada genética
que exige su tiempo de cocción. En lo concerniente al proyecto
que se presenta, ha procedido a la correspondiente organización
de sus partes en función de unos resultados, en los que se hicieran
visibles los ingredientes que han intervenido en su confección.
Esto ha sido posible gracias a una experiencia anterior y a un programa
de trabajo, en el cual desde un principio se han tenido en cuenta los
diferentes espacios a los que iba destinada la exposición y los
recorridos de que eran susceptibles, dadas
unas ciertas condiciones y el concepto del proyecto.
Lo arquitectural, para utilizar un término figurado y diferenciado
del adjetivo correcto, cobra relieve en su obra, tal como se desprende
de las imágenes que se pueden contemplar, a partir de la destrucción
del edificio de la fábrica y de las construcciones adyacentes,
que responde al deterioro de las instalaciones y a la puesta en marcha
de un plan especulativo de rentabilidad del suelo ocupado, teniendo
en cuenta que maquinaria, equipo y servicios también se habían
diclarado obsoletos. Los viajes
de la artista a Bilbao han sido de reconocimiento y a la vez productivos,
no tan sólo en el registro de los hechos sino también
en la creación de memoria. El sentimiento de pérdida y
la falta o carencia están en el inicio de la apropiación
que la artista hace
del hecho que se va a producir y que se enfatiza en el acto mismo de
la anunciada destrucción. Esto constituye la determinación
esencial del proceso por el cual un acontecimiento que se repite a diario
en cualquier lugar del mundo adopta unas dimensiones desconocidas. La
fábrica, antes de convertirse en un hacinamiento de escombros,
es vaciada, y en esta operación se pueden superponer simulacros
de simulacros en los que se activan los mecanismos de la propia memoria
y las formas del yo que se desintegran y se reintegran sin cesar, de
acuerdo con el desarrollo de la experiencia personal, en su relación
con el mundo. La atracción de las ruinas se asocia comúnmente
a la fascinación irresistible que ejerce aquello que nos supera
con su poder de negación. Este estado es igualmente comparable
con el que se produce en nuestro interior, donde la fuerza de la negación
puede adquirir un aspecto destructivo y mortal, disfrazada de melancolía.
El poder de lo sublime procede de estas simbiosis de sentimientos diversos
y contrapuestos, aunque parezca contradictorio que el miedo, el temor,
el horror puedan ejercer semejante seducción, favoreciendo nuestra
inclinación a la muerte. El derribo comporta una situación
que brinda
la oportunidad a toda clase de proyecciones del yo, consciente de su
escisión y de su imposibilidad de abrazar la totalidad. El trabajo
planteado por la artista carecía de antecedentes físicos
en su trayectoria, por cuanto no se había interesado realmente
por el procesamiento de imágenes arquitectónicas, ni en
la arquitectura como punto de partida de una actuación, cuyos
resultados se pueden contemplar ahora. El paisaje como tal nunca había
sido, hasta ahora, motivo de su exploración ni de su proyección
personal, considerándolo alejado de sus intereses, y a la vez
demasiado próximo a un género, cuyo anacronismo se asocia
a su evolución y desarrollo, hasta dar paso a la abstracción
pictórica, desde finales del siglo XIX. Si bien no hubiera manifestado
actitudes de rechazo visibles, en las que apostaba por su agotamiento,
a no ser de un cierto concepto del paisaje y del paisajista, y de la
noción misma de género, concebido más asociado
a la práctica de un soporte que bajo la nueva perspectiva abierta
para él por la fotografía. Tampoco se puede pensar en
un cambio radical de actitud, en la medida en que la artista nunca ha
excluido abiertamente ciertos objetos de representación ni ciertas
formas de expresión, salvo en el caso en que esto implicara
un retroceso en su trayectoria.
El lugar, con su particular fisonomía, se convirtió en
territorio que admitía la actuación de la artista en otro
lugar y en otro espacio, el de su propia obra, mediante algunos movimientos
de traslación que le permitían incorporar no tanto objetos
como tales sino construcciones arquitectónicas con vida propia.
De alguna manera, se produce una especie de descubrimiento en virtud
del cual se estructura un mundo real, que es privado de su materialidad
y trasladado a un imaginario donde se archiva gracias a la imagen fotográfica.
Este descubrimiento se asocia con una percepción diferenciada
del espacio como tal, que se superpone a la noción de tiempo,
sin obviar lo que Michel Foucault denomina "entrecruzamiento fatal"
entre uno y otro. Este filósofo, en una conferencia pronunciada
en 1967, se refería a la época actual como una época
del espacio. "Nos encontramos afirmaba en la época
de lo simultáneo, nos encontramos en la época de la yuxtaposición,
en la época de lo cercano y de lo lejano, de lo que está
unido y de lo disperso (...). En todo caso, creo que la inquietud de
hoy concierne fundamentalmente el espacio, sin duda, mucho más
que el tiempo"14. La primera acción de la artista, antes
de conocer con precisión la posibilidad del proyecto que constituye
la base de la presente exposición, fue emprender el registro
toponímico de los espacios: exteriores, interiores, maquinaria
y mobiliario, este último apartado prácticamente reducido
al anterior. Los instrumentos utilizados fueron la cámara fotográfica
y el vídeo, con los que procedió a organizar los preparativos
para documentar las existencias ante el inminente derribo anunciado.
Así, optó por hacer las provisiones que consideraba necesarias
y se trasladó al lugar de los hechos para proceder a la recogida
de datos, que a continuación procesaría con ayuda de las
herramientas tecnológicas con las que trabaja habitualmente.
Lo más probable es que, de no haberse producido la amenaza de
desaparición, que efectivamente se consumó, tal vez nunca
habría podido darse el proyecto que la artista concibió
a raíz del insoportable sentimiento de pérdida experimentado
al conocer la noticia del derribo, al que asociaba el desvanecimiento
del mundo de la infancia, un mundo propio, y una especie de muerte o
de muchas muertes que se encadenaban entre sí en el mismo suceso.
Este hecho, aunque externo, es decir no controlado por ella, se convierte
inicialmente en una posibilidad que investiga, con intención
no sólo de recuperar, sino de fijar en la memoria imágenes
de la quietud, que se ve perturbada por el movimiento de un acontecer
que se desarrolla al margen de su decisión. No hay simulación,
se trata de un acontecer real que nada ni nadie puede detener, y en
el que su intervención es limitada, aunque a su vez no menos
privilegiada, por cuanto le es dado explorar un terreno al que suele
estar prohibido el paso a todo personal ajeno.
Por consiguiente, es algo a tenerse en cuenta, porque la realización
del inventario que ella hace y el correspondiente registro no habría
podido efectuarse a no ser por las facilidades que se le han brindado
y que obviamente han favorecido la concepción
del proyecto. La dificultad de acceso al lugar es una circunstancia
que también se puede tener en cuenta a la hora de considerar
la génesis del trabajo realizado, dada su excepcionalidad.
La primera medida adoptada, antes de iniciar el proceso de trabajo,
ha consistido en un examen del terreno y en una descripción de
los contenidos, para la que se han empleado los recursos de un método
de clasificación parecidos a los del botánico
o el arqueólogo, con el fin de ordenar los elementos existentes
y saber de qué se disponía. No obstante, el inventario
estaba a su vez condicionado por la proximidad de la demolición
del edificio de la fábrica que se efectuaría en un breve
plazo de tiempo.
La extinción de este símbolo del desarrollo industrial
de la ciudad y de su arquitectura fabril ha sido, sin duda, determinante,
para que la artista se interesara por este paisaje urbano y resolviera
acercarse al lugar de los hechos, con un equipo de cámaras fotográficas
y de vídeo para registrar el pasivo y el activo de lo que había,
al igual que su desaparición entre las tenazas de las excavadoras
y de las grúas. El conjunto de edificaciones, de máquinas
y mobiliario fue derribado lentamente bajo la lluvia insistente de los
días grises que impregnan de humedad la ciudad. La artista presenció
gran parte del acontecimiento, como se desprende del material archivado,
y que constituye una espléndida documentación para el
que en algún momento pretenda reconstruir la historia de la fábrica
o de la industria del País Vasco, e incluso cualquier fragmento
de historia de la ciudad y de su sociedad. Aunque, obviamente, ésta
no ha constituido en ningún momento su finalidad; su trabajo
sería más bien comparable al del escritor que investiga
un lugar o lugares donde la acción se hace verosímil,
y en
el que la trama se cose al paisaje, entorno o simple espacio que hace
las veces de contexto. Las imágenes registradas informan a su
vez de la experiencia inicial de la artista y contribuyen a explicar
el recorrido de la exposición, en la que sólo se manifiesta
visiblemente una parte de este proceso, como sucede de ordinario.
El centro del proyecto está ocupado por el derribo, que puede
entenderse como explosión, en sentido real o figurado, a pesar
de que el sistema empleado
no haya sido el de una voladura controlada, como se practica en muchos
casos en los grandes centros urbanos, sino el de un derribo mucho más
lento, casi manual, en manos de las excavadoras, que actuaban en el
sitio como si se tratara de extraños gigantes o animales dinosáuricos
que se cebaban con las piedras y los escombros demolidos. La artista
ha registrado la caída que ha sido una acción lenta y
torpe, entre los escombros y cascotes que se amontonaban despiadadamente,
al igual que inmundicias comestibles para las aves de rapiña.
El sentimiento de devastación y de muerte, tan contagiable en
el lugar de los hechos y fuera de él, en el mero acto de contemplación,
es una de las causas que permiten intuir la belleza de la destrucción,
como se ha intentado comunicar a través de las imágenes
que se exponen, y de lo que es pasado, tanto histórico, es decir
propiedad de una memoria colectiva, como genético, es decir que
pertenece a una memoria individual. En este sentido, la asociación
que hace Louise Bourgeois entre memoria y arquitectónica, comparando
la acción de la primera con la de la arquitectura, en todas sus
dimensiones, conviene a la relación establecida por Marisa González
entre la fábrica panificadora de Bilbao y sus propios orígenes.
Louise Bourgeois defiende que la memoria actúa como un arquitecto
que proyecta, dibuja y construye, almacenando todos los datos que registra
y convirtiéndose ella misma en imaginación, cuando reactiva
su producción14. La relación, en su obra, se hace evidente,
porque en la mayoría de sus instalaciones lo arquitectónico
desempeña una función inequívoca de envoltorio,
de casa, de abrigo
y de segundo cuerpo, que protege, que aísla de las agresiones
del mundo exterior, pero que, recíprocamente, encierra y aprisiona.
El doble sentido de las arquitecturas que concibe resulta inevitable,
como parece discernirse en los modelos que concibe, al igual que en
los objetos y el mobiliario que suele colocar en su interior. Sus habitáculos
se diferencian perfectamente unos de otros, pero tienen en común
el hecho de ser a su vez simulacros de celdas individuales en las que
un yo errante
por naturaleza se refugia, y en el que mantiene a resguardo de la intemperie
del mundo los objetos de una delicada memoria, cuya fragilidad se exterioriza
paradójicamente entre las paredes de su propia fortificación.
El carácter simbólico que la arquitectura industrial ha
adquirido para Marisa González en este proyecto permite establecer
también una especie de vínculo, con el que Louise Bourgeois
hace adoptar al cuerpo de la mujer, convirtiendo ojos y otros orificios
corporales en ventanas y espejos. La identificación entre el
cuerpo y la casa se reproduce reiteradamente en su obra desde los años
40, en sus "Personnages", en sus "Lairs", de la
década de los 60, guaridas hechas de yeso, sus "Maisons
fragiles" de la década siguiente y en las "Cells"
de los 80 y 90. Con esto no se quiere eludir la diferencia entre las
formas de arquitectura a las que se hace referencia en uno
y otro caso, sino afirmar que el repentino interés por lo arquitectónico
en la primera obedece a esta proyección especular que aquélla
ha visto posible.
Si se aborda la obra de Marisa González como una unidad, esta
relación entre el cuerpo y la casa también se establece
en el tiempo, entre las formas de lo humano que hace adoptar a los muñecos,
los limones, las fresas, y la representación de espacios definidos
arquitectónicamente. No casualmente afirma Louise Bourgeois que
la memoria es una forma de arquitectura, porque apilamos asociaciones
como quien coloca unos ladrillos encima de otros para construir un edificio.
La mezcla de sentimientos depositados en las ruinas de la fábrica,
sus partes y componentes, así como en el entorno de la misma
es resultado del trabajo realizado antes y después de concebir
el proyecto.
Más de dos años de preparación y elaboración
de los contenidos confirman el grado de dedicación a tiempo completo
de la artista, que ha querido participar el mismo proceso de la obra
hasta su conclusión. El archivo fotográfico que ha acumulado
desde los inicios y la exhaustiva documentación que ha recogido
sobre el tema en el que ha basado su trabajo constituyen únicamente
una parte, no obstante esencial, de los desarrollos que ha adoptado
en el transcurso de este tiempo la experiencia procesal invertida en
la producción que se expone.
Una de las figuras arquitectónicas más emblemáticas
desde el principio ha sido el silo, que ella ha trasladado físicamente
hasta las salas de exposición con el fin de rescatar un elemento
real, cuya materialidad invoca una serie de relaciones útiles
para entender las identificaciones de que es susceptible. El silo es
un cilindro geométrico, de tres metros de diámetro, por
dos ochenta de altura, destinado al almacenamiento de harina. En la
mudanza efectuada para su exhibición, el silo se ha convertido
en una especie de celda o habitáculo comparable a algunas de
las construcciones metafóricas de Louise Bourgeois como las que
se han mencionado.
Su presencia monolítica sugiere la comparación con las
celdas de Absalón, y en particular, la "Céllule n.2-Réalisation
habitable" (1992-93), un gran cilindro con una estrecha puerta
de entrada y dos ventanas, y la Céllule n.5 (1992), concebida
como un prototipo; y con el cilindro compacto, de una sola abertura,
de un formato muy similar al del silo, mediante el que Mona Hatoun configura
la videoinstalación "Corps étranger" (1994).
En lugar del "ojo" que mira desde el suelo en la obra de esta
artista, Marisa González ha colgado en la pared curva la esfera
de un reloj rescatado antes del siniestro, que evoca analógicamente
un tiempo industrial, que se recicla incesantemente. No es un reloj
digital, sino el antiguo reloj de la fábrica, cuyas agujas y
el tic tac metálico que hace sonar marcan el compás melancólico
de un declive, que se corresponde también con una decadencia
más general coincidente con el fin de siglo.
Los ingredientes que comprende la exposición, definidos desde
el inicio, porque la artista la ha estructurado sobre la base del espacio
donde iba a realizarse, muestran claramente el orden de un discurso
que asocia datos y organiza una sintaxis de efectos, cuya extensión
es imprevisible pese al control existente y a la ausencia de elementos
arbitrarios.
Los espacios expositivos se han trabajado manteniendo un sentido de
unidad, que precede a cada una de las instalaciones, las cuales constituyen
el paradigma de una memoria personal y colectiva, no ajena a los modelos
de industrialización del país en el transcurso de un siglo.
Las coincidencias en diferentes órdenes de cosas se comprueban
de inmediato, por las identificaciones que se hacen virtualmente posibles.
El circuito se puede orientar desde cualquiera de sus partes o paradas,
pero conviene tener en cuenta que el derrumbe ocupa el centro de la
exposición. Aunque no hubiera explosión, como se ha descrito,
sino derribo lento de las correspondientes edificaciones, lo cierto
es que su simbolismo es tal, que aquélla parece haberse producido
efectivamente, a juzgar también por los escombros y la basura
de piedras, ladrillos, cascotes, hierros, tubos y demás restos
ocasionados tras la intervención de excavadoras y grúas.
En todo derrumbamiento puede integrarse el elemento trágico identificado
con la desaparición, el final y la claudicación. La muerte
se instala en su lugar, hasta que es apartada por el presente que se
edifica encima suyo. La fuerza de ésta última es tal que
la hace invencible, y su negatividad termina incluso con el milagro
de la vida.
Lo siniestro hace
irrupción al entrar en escena la amenaza de extinción
y el desastre provocado, pese a la belleza que sugieren las imágenes
arquitectónicas y la demolición en todo el proceso que
se lleva a término hasta el desenlace. Las formas de producirse
aquí corresponden a alguna de las descripciones convencionales
de lo sublime, pero los ingredientes esenciales proceden de la destrucción,
cuyo instante inicial contiene la caída. Este movimiento es el
que precipita la presencia del no ser en todo lo hasta entonces visible,
y se acompaña de un cielo nublado, una lluvia intermitente y
un aire gris, sobre un paisaje en desorden que hace irreparable el cambio
introducido. La caducidad de las cosas se manifiesta con una carga simbólica
que afecta y mueve el sentimiento. Pero, lo siniestro es, en definitiva,
el valor artístico
y estético que entra en juego determinando la validez o no de
las imágenes expuestas y de las instalaciones que se han colocado
en el mismo espacio. Este elemento o categoría estética
es un concepto a partir del cual se organiza la interpretación
semántica de los restantes complementos.
El procedimiento de trabajo por el que se ha optado comprende la organización
por carpetas, para llamar de algún modo los apartados que integran
el recorrido, en las que se ha incluido el inventario del material que
se ha utilizado, de acuerdo con las previsiones hechas durante la estancia
en el terreno. Pero antes conviene aclarar que el tema no es la arquitectura
por la arquitectura, ni que ésta sea adoptada en la actualidad,
con frecuencia, como tema fotográfico recurrente, sino el valor
que individualmente adquiere cualquier pérdida para la artista,
cuando se trata de algo que considera de su pertenencia y puede desaparecer.
El desarrollo del trabajo realizado implica una sucesión de acontecimientos,
en los que la artista está involucrada personalmente, de tal
modo que el resultado no puede ser ajeno a ella. La comparación
insinuada con Louise Bourgeois también viene al caso, porque
el trabajo de esta artista siempre ha permanecido asociado a su biografía,
no comprendiendo el arte si no es sobre la base de este encuentro entre
el yo y el no yo, el otro, lo otro, que es engullido por el primero,
en el intento de que el mundo sea sólo su mundo y nada más.
La experiencia artística empieza para ella en esta subjetivación
del mundo sensible, en el que explora los afectos de lo formulado estéticamente,
aunque entienda su trabajo vinculado a las nuevas tecnologías
y sus herramientas.
El recorrido de la exposición se hace, como se ha mencionado,
por un circuito cerrado, en el que se circula de un lugar a otro, como
si se atravesaran estancias o pasajes concebidos como secuencias de
una narración escenificada. La artista ha esbozado un intento
de reproducción de escenarios movidos, es decir, en los cuales
sea posible imaginar un acontecimiento que alcanza a representarse tanto
en las imágenes estáticas o fijas como en las que están
dotadas de movimiento. Ha sido voluntad expresa suya reconstruir el
proceso de caducidad de lo vivido en imágenes, en las que la
duración se manifiesta como transitoriedad incesante de lo que
existe o se hace existir. El proyecto se ha estructurado en función
de los cuatro grandes capítulos o apartados en los que se ha
concebido la exposición. Cada uno de ellos ocupa una superficie
adaptable a los contenidos y dispuesta para su articulación.
El trayecto comprende cuatro paradas o estaciones: los Paisajes, la
Sala de Archivos, el Silo y el Derribo, que se han concebido a modo
de instalaciones; incluso los propios paisajes, cuyo soporte es una
fotografía modificada con algoritmos científicos, y que
equivalen a una escenificación que alterna la imagen virtual
y el objeto material.
Los paisajes contribuyen especialmente a situar los hechos; la sala
de archivos a la que la artista da el nombre de "Luminarias"
se ha acondicionado especialmente para una puesta en escena mediante
la cual se dramatizan los contenidos; el silo es una metáfora
de la arquitectura industrial que acepta las connotaciones simbólicas
derivadas de su aspecto físico, y del reloj que marca el tiempo
en su interior, sobre una imagen fotográfica de papeles colgados
en un muro, con anotaciónes diversas, procedentes del taller
de reparación. Por último, el derribo representado mediante
tres vídeos que se proyectan sobre tres paredes adyacentes en
una sala oscura, para envolver al espectador entre las grúas
y la basura de piedras, ladrillos y cascotes que cubren la superficie
al ritmo de la caída inducida por la demolición. La propuesta,
no obstante, contempla también los procedimientos y medios utilizados
para comunicar la experiencia estética correspondiente al sentimiento
que se quiere inducir, reformulando el valor de lo nuevo, de lo estructural
y de la aportación que transporta un mensaje dado. Esto se puede
hacer preceder de la reflexión que introduce Renato de Fusco
al señalar la relación existente entre la originalidad
de un "mensaje estético" y la información que
contenga, de manera que cuanto mayor sea una, mayor será también
su eficacia y valor, "siempre que se admita la existencia de un
código común al artista y al receptor, código determinado
por el cuadro social y cultural común a ambos"15.
El primero de los espacios expositivos contiene las imágenes
fotográficas de la sala, procesadas digitalmente, y que han sido
previamente ordenadas de exterior a interior, de fuera a dentro, imitando
el viaje de la mirada, que se sitúa ante la fachada
del edificio, un conglomerado de construcciones muy al uso en la época,
confundidas en el entramado urbano. Estas imágenes tienen el
poder de ubicarnos en un lugar, en el que se nos introduce poco a poco,
y que invoca el principio de realidad, pero que
ha sido falsificado para que ésta desaparezca cediendo el sitio
a un paisaje virtual. La artista ha recurrido al despliegue, que ha
utilizado como modelo para proceder a la descodificación de los
datos que le son dados inicialmente y abordar otra posibilidad
de formulación de lo real. Esta acción, que ha sido posible
gracias a la manipulación digital de las imágenes seleccionadas
para ser alteradas en función de su capacidad significante, traduce
el proceso de subjetivación de unas imágenes tomadas de
la realidad, cuyo valor documental o testimonial se desvanece hasta
borrarse. Durante esta conversión, la artista ha hecho descubrimientos
que afectan a la transformación de los modelos, que la fotografía
había registrado en el lugar real de los hechos. El despliegue
es un recurso que ha permitido a la artista cambiar los formatos, transformar
los espacios, diseñar la simulación, y multiplicar al
infinito determinados motivos, aparecidos sobre la superficie objetivada.
La operación ha sido precedida de un intento de deconstrucción
de la imagen, identificada con una especie de descomposición
de la misma, mediante la cual se rescatan algunos elementos para potenciarlos,
y se procede a su repetición. Ésta última se puede
vincular con el concepto de serie, como se menciona al principio del
texto, en el que ha fundado la mayoría de sus trabajos, como
la dedicada a "La Negra", a la Violación, a la Violencia,
a los muñecos, y que resuelven la discontinuidad narrativa, así
como la imposibilidad de evitar el fragmento.
Estas fotografías representan exteriores e interiores de la fábrica,
al igual que algunos artefactos que parecen grandes esculturas, y cuyo
aislamiento refuerza particularmente su extrañeza, a pesar de
ser meras máquinas o parte del mobiliario en desuso.
Por lo tanto, mediante la imagen fotográfica se puede hacer una
especie de inventario, en virtud del cual se nos resitúa en el
contexto original donde se emprende el proyecto de esta exposición.
Si bien la intención de la artista no es conducirnos hasta
el lugar real, sino de organizar espacios virtualmente visibles, en
dirección opuesta a la que presumiblemente correspondería.
La carga semántica que transportan sensiblemente estas imágenes
se debe atribuir en gran parte a la correspondiente digitalización
mediante la cual han sido intervenidas. Pero aquélla también
es asumida por la desolación que invade los lugares abandonados
que la fotografía registra y por la soledad de los espacios que
se comunica con toda su gravedad. Una situación de extrema transitoriedad,
que ha durado muy poco en el tiempo, por la rápida ejecución
de la destrucción, exigida por la especulación económica
del suelo. Esto contribuye a considerar privilegiadas estas imágenes
que no han estado al alcance ni siquiera de los transeúntes más
habituales del entorno de la fábrica, por la situación
de este conjunto fabril en el núcleo urbano, a causa de la cual
ni siquiera sus dimensiones resultaban perceptibles. Las variaciones
que la artista ha registrado son innumerables y de ahí la solidez
de las imágenes que en última instancia
se han escogido, en muchos casos incluso sacrificando algunas que merecía
la pena exhibir. La sintaxis que articula estos espacios entre sí
recordando su procedencia única es la que impone su lógica
y decide sus sentidos. La distorsión y deformación de
lo real en virtud de su presentación digitalizada es lo que determina
a su vez el poder significante de los mismos en el caos audiovisual
debido a la densidad demográfica de imágenes que conviven
diariamente en nuestros espacios cotidianos.
La fotografía que ha desarrollado Marisa González para
esta exposición es una fotografía de arquitectura, que
Terence Riley16 diferencia de la fotografía arquitectónica,
es decir realizada por profesionales.
La primera es una fotografía que deriva del descubrimiento de
la arquitectura por parte de los artistas. Según este crítico
de arte, hacia finales del siglo XIX, la fotografía que practicaban
los fotógrafos profesionales en este dominio tenía como
finalidad documentar la obra de un arquitecto; el cambio se produce
en la segunda mitad del siglo XX, como se puede vislumbrar, entre otras,
en las fotografías
de los edificios industriales de Bernd y Hilla Becher, hechas en 1966.
En la reciente exposición comisariada por Gloria Moure para el
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Sevilla), se reúnen
trabajos muy representativos de este tipo de fotografía que apuesta
por la arquitectura como modelo, pero a la que se puede aplicar también
el concepto de hiperfotografía de Machado. Se han reunido trabajos
de Balthasar Burkhard, Andreas Gursky, Gunnard Asplund, Thomas Ruff,
Candide Höfer, Günther Forg, Jeff Wall y Hiroshi Sugimoto,
en los que de la documentación se pasa
a la creación17 en virtud de la intencionalidad que el artista
se propone manifestar. Pero con quien quizá Marisa González
pudiera establecer mayor afinidad sería con Günther Forg,
el cual en una entrevista realizada a propósito de esta exposición18
declara que su fotografía nunca es abstracta, y que está
marcada por lo personal y lo emocional. Se niega a que su fotografía
se interprete como una especie de testimonio, que sustituye por un discreto
acercamiento al modelo, y al explicar su procedimiento la comparación
parece reforzarse, sobre todo cuando alega que sus fotografías
están hechas como instantáneas y muestran un aspecto incómodo
y deteriorado de los edificios.
La sala de archivos, que la artista llama la instalación de las
Luminarias, es un espacio de lectura, en el que la palabra desempeña
una función fundamental, en la medida en que narra y nombra.
La palabra escrita sobre el suelo es un signo inmaterial hecho de luz,
y ha sido extraída de las memorias anuales del Consejo de Administración
de la empresa. La acción se sitúa en el tiempo a principios
de siglo, y más particularmente en el entorno de la IGM: se hace
mención al estado de la empresa, a las condiciones laborales
que afectan a la masa obrera, a la amenaza de huelga general y a la
crisis económica que caracteriza el espacio europeo dominado
por el estallido del conflicto bélico. En una época cada
vez más separada de la escritura, esta presencia de la palabra
recupera una función de la que se le priva a menudo, de manera
que se permite entender que se escribe para comunicar algo a los ausentes.
Éstos son el emisor y el receptor de la escritura que conviven
en la soledad de la página transitoriamente. Sobre la pared del
fondo de la sala a oscuras se proyectan las páginas abiertas
de los libros de familia sellados, donde está registrado el nombre,
edad, estado civil, número de identidad de los trabajadores.
El paso de página está sincronizado con la lectura que
hacen voces anónimas de los datos mencionados, haciéndose
oír. El clima dramático derivado de esta puesta en escena
se acentúa aún más con la fijación de la
palabra que se escribe sobre la superficie, proyectándose desde
las lámparas procedentes de la fábrica que da origen al
tema de la exposición. Es una especie de File Room, en la que
se ingresa libremente, aunque, paradójicamente, en este espacio
se representa el ejercicio del poder económico como control y
represión, bajo la tenue iluminación de las lámparas
mencionadas. La artista tenía interés en denotar la existencia
de una narrativa que reivindica la memoria y la historia, con las que,
por otra parte, no elude su compromiso.
A través de las dos aberturas de la estructura cilíndrica
del silo, se puede escudriñar la interacción entre un
espacio virtual y un lugar real, en el que se representa la vista parcial
de un interior de la fábrica, en el que se pretende introducir
al espectador.
El único elemento verídico que éste contiene es
el mencionado reloj, que impone el movimiento del tiempo a un elemento
estático como dicha estructura. Ésta se convierte en una
clave de interés para descifrar el relato de esta fotografía
descriptiva, por cuanto sobrepasa la carga documental o testimonial
que se le puede atribuir. Se trata de un silo del interior de la fábrica,
a diferencia de los que componen la gran estructura metálica,
situada en la intemperie, que alcanza una altura de siete pisos, y cuya
caída precipita el derrumbe simbólico del grupo de edificaciones
que integran el conjunto. La artista no sólo hizo el registro
del acontecimiento con la cámara fotográfica, sino también
con la cámara de vídeo, para apresar el movimiento, como
puede ontemplarse en la videoinstalación correspondiente, en
la que se ha tratado de sincronizar la imagen en las tres pantallas
del recinto donde éstas se exhiben. El registro en
el lugar de los hechos supone un trabajo de reconocimiento, en el que
se inicia la experiencia creativa, al no tratarse únicamente
de una recolección de datos ni de organizar un inventario, que
no habría sido necesario hacer in situ. Este lugar no era cualquier
lugar, sino un espacio al margen, por así decir, de periferia,
pero ubicado en el centro mismo de la ciudad. Sólo merodeando
por entre el laberinto de sus construcciones pudo descubrir por sí
misma las diferentes superficies, en las que la huella de lo ausente
alcanzaba a verse, en el estado de abandono de los lugares significados
por la amenaza de desaparición. El cuadro "Die Ruine"
(1994),
de Sigmar Polke, en el que se exhibe el fragmento de una fachada neoclásica
de un edificio urbano, cuya decadencia podría atribuirse a un
incendio o a la acción del tiempo y el desgaste que comporta,
parece resumir un antes y un después que concluye. Pero más
que esto es una apología equivalente del sentimiento estético,
cuya oscuridad favorece la extrañeza y la propia irracionalidad
que le caracteriza. Baudrillard hace alusión a su necesidad,
ante el intento desesperado de producir sentido, de hacer que todo sea
visible, explícito, advirtiendo el peligro de que el sentido
nos desborde y perezcamos en él19. El formato de la pintura de
Polke (500x300) parece reforzar el aspecto simbólico de la representación
de las ruinas, que en el proyecto de Marisa González se adecúa
a la narrativa de "La Fábrica"; se trata
de las ruinas ocasionadas por la destrucción del correspondiente
edificio, cuya rápida restitución descarta su conversión
en monumento. La artista recurre a la hiperfotografía, entendiéndola
como resultado de la fotografía procesada digitalmente, mediante
la cual se liquida definitivamente la supuesta objetividad fotográfica
y fabrica los poéticos despliegues logrando un impacto similar.
En el trabajo que presenta la artista, el proceso de derribo de la fábrica,
el registro del mismo, y el desarrollo del proyecto de esta exposición
constituyen tres secuencias, cuya continuidad las hace inseparables.
No obstante, el derribo de todas las edificaciones sumadas se convierte
por su espectacularidad en el principio sobre el cual se asienta el
argumento de la obra. El momento culminante se visualiza en la lenta
caída de los silos, y en el movimiento que inician las máquinas
excavadoras y las grúas. El espectáculo de la destrucción
se prolonga en el tiempo, mientras se instaura el desorden y parece
posible trasladarse a un mundo en ruinas. Los paisajes de la destrucción
son de una belleza saturnal, sólo comparable con la melancolía
de algunas imágenes de la pintura y de la poesía románticas,
intemporales, en las que
la vida se representa arqueológicamente inseparable de la muerte.
La vitalidad de la negación que se representa en los desperdicios
amontonados en el suelo, bstruyendo el paso, antes de ser devorados
por las máquinas, adopta un extenso simbolismo que
se corrobora con el poder de la imagen y la intensidad derivada de su
inmediatez. Jeff Wall, comparando la suciedad y la limpieza con lo crudo
y lo cocido, a propósito de unas fotografías de arquitectura
relacionadas con la limpieza y las tareas domésticas, explica
que le gusta el orden en su habitación, al igual que el de un
jardín de Kioto, pero agrega que también le gustan los
fregaderos sucios, las cosas abandonadas o los charcos resecos, llenos
de posos20. Los registros hechos por Marisa González cobran en
estos paisajes la dimensión que les corresponde, porque la negación
que incorporan, al representar la destrucción arquitectónica
de un mundo caduco, ejerce una atracción a la que difícilmente
se puede oponer resistencia, al aproximar los abismos de la experiencia
artística y estética que comparten el artista y el público.Notas
1. Arlindo Machado,
Machina e Imaginario,
Pontificia Universidade Catolica, Sao Paulo, 1993.
2. Paul Virilio, Estética de la Desaparición, Anagrama,
Barcelona, 1988.
3. Dieter Daniels, Passatges imaginatius. Art. Conectividad. Multimedia.
Jornadas de Arte y Tecnología, Fundació La Caixa,
Barcelona, 21-22 enero, 2000.
4. Stephan Morawski, Fundamentos de Estética, Península,
Barcelona, 1976.
5. Pierre Francastel, Arte y Técnica en los siglos XIX y XX,
Editorial Debate, Madrid, 1990.
6. Gianni Vattimo, El Fin de la Modernidad, Editorial Gedisa, Barcelona,
1986.
7. Román Gubern, El Eros electrónico, Taurus, Madrid,
2000.
8. Edmund Couchot, Arte en la era electrónica, ponencia en Congreso,
Barcelona, 1997.
9. Jacques Derrida, Marges de la Philosophie, Editorial Minuit, París,
1972.
10. Paul Virilio, cita.
11. Javier Echevarría, Los Señores del aire. Telépolis
y el Tercer Entorno,
Editorial Destino, Barcelona, 1999.
12. Javier Echevarría, cita.
13. Michel Foucault, Des espaces autres, Conferencia pronunciada, 14
marzo, l967.
14. Louise Bourgeois, Exposición y catálogo Memoria y
Arquitectura,
Centro de Arte Reina Sofía 14 noviembre 1999-14 febrero 2000.
15. Renato de Fusco, Arquitectura como Mass medium.
Notas para una semiología arquitectónica, Anagrama, Barcelona,
1970.
16. Terence Riley, "La Arquitectura como Tema", en La arquitectura
sin Sombra, edición a cargo de Gloria Moure, Centro de Arte Contemporáneo
Andaluz, Sevilla, y CCCB, Barcelona.
17. Jeorg Bader sobre Balthasar Burkhardt, en La arquitectura sin sombra.
18. Günther Forg entrevistado por Iñaki Abalos y Luis Enguita
en La arquitectura sin sombra.
19. Jean Baudrillard, en El otro por sí mismo, Anagrama, Barcelona,
1988.
20. Jeff Wall, en La arquitectura sin sombra.
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