CONTRA
LA DESAPARICiÓN
Textos Alicia Murría
"Todos los medios, todas las armas son buenas para salvarse de
la muerte y del tiempo. Si la línea recta es la más breve
entre dos puntos fatales e inevitables, las digresiones la alargarán:
y si esas digresiones se vuelven tan complejas, enredadas, tortuosas,
tan rápidas que hacen perder las propias huellas, tal vez la
muerte no nos encuentre, el tiempo se extravíe y podamos permanecer
ocultos en los mudables escondrijos". Carlo Levy
Se ha repetido con insistencia que la formación musical ha podido
influir de manera determinante en algunos aspectos de la obra de Marisa
González, en su forma de concebir la producción artística
y, sin duda, es cierto. De un lado, por ampliar una base conceptual
que le ha llevado a una actitud desprejuiciada que encadena diferentes
formas de hacer arte, abierta a innovar, a introducir continuamente
nuevos registros y herramientas. De otro lado, en esa forma suya de
trazar encadenamientos, de crear secuencias visuales, una especie de
necesidad de introducir aquéllo que está delante y aquéllo
que está detrás, es decir, el proceso como parte constitutiva
y esencial de la obra. Como si una imagen, como si una sola nota, nunca
fuera suficientemente elocuente para expresar todo lo que la artista
quiere poner en juego. Nunca imágenes aisladas, incluso en el
caso de que lo sean aparecen tratadas como series, con voluntad de vaciar
tras un intensivo buceo todas las posibilidades de una imagen, de una
idea.
Tras una formación académica en Bellas Artes, su larga
estancia en Estados Unidos la llevó a integrarse primero en el
recién creado departamento de Sistemas Generativos, en el Art
Institute de Chicago, que dirigía Sonia Sheridan, y más
tarde a continuar su aprendizaje en la Corcoran School of Art, de Washington.
En Chicago, a través de la utilización de la fotocopiadora
como herramienta hablamos del año 19971 comienza
a realizar sus primeras series de imágenes manipuladas colocando
directamente sobre el cristal de la máquina elementos cotidianos
(con mucha frecuencia aparece, en el arte realizado por mujeres, esa
facilidad en la utilización dentro de la obra de lo próximo,
lo que forma parte del cosmos personal y familiar; una artista, al hablarme
sobre este aspecto de su obra, lo definía con extraordinaria
precisión: "Trabajo siempre con lo que está, literalmente,
al alcance de mi mano"). Así Marisa González introducía
papeles de diferentes texturas, guata procedente del filtro de una secadora,
elementos extraídos de la naturaleza, rocas, arcillas, incluso
huesos; materiales encontrados y de desecho, elementos que aportaban
unas formas determinadas pero que ella, a través de las inmediatas
posibilidades que ofrecía la electrografía (desajustes,
movimiento, secuencialidad), alteraba y distorsionaba.
En este trabajo el proceso queda en primer plano y los factores de velocidad
de resolución (la idea de rapidez forma parte del propio concepto
en este tipo de producciones) y de azar introducen sorpresivos resultados
que se integran de forma natural en las secuencias de las imágenes.
La utilización de los recursos tecnológicos es hoy, en
el campo del arte, algo habitual; pero si nos retrotraemos a 1971, época
en la que Marisa González comienza a investigar y trabajar con
estos medios, se puede entender la capacidad de riesgo
y apertura que ya entonces la caracterizaban y que hoy sigue siendo
una constante en su manera de abordar la creación. Exploraba
así un campo que socavaba la sacralidad de la obra, renunciaba
a los materiales llamados, tradicionalmente, nobles y a la obra fácilmente
mercantilizable y depositaba su interés en aspectos y materiales
frágiles, relativamente poco resistentes al paso del tiempo y
puramente experimentales, demostrando así una actitud generosa
en cuanto al concepto último que rige la producción y
su puesta en circulación.
Es un poco más tarde, pero también en su etapa americana,
cuando Marisa González comienza a trabajar con el ordenador y
la fotografía, y luego con las posibilidades del programa Lumena,
ideado por otro discípulo de la Sheridan, Jhon Dunn.
Me interesa dar
aquí un salto cronológico para detenerme en algunos trabajos
realizados en la década de los noventa, etapa en la que he podido
seguir de cerca sus sucesivas apariciones, las puestas en circulación
de su continuada exploración
y experimentación con diferentes medios, fundamentalmente el
ordenador y la fotografía digital.
En 1993 presentó una serie de trabajos, que tituló "Miradas
en el tiempo", en torno a un mismo tema, o más exactamente,
en torno a una misma imagen; se trataba de una imagen intrascendente
seleccionada y olvidada tiempo atrás y que rescató para
someterla a una serie de alteraciones a través de la máquina.
Era la imagen (una fotografía apropiada) de una mujer de color
que ofrecía una sofisticada sexualidad, mitad diosa, mitad mito
erótico suministrado por la publicidad. Marisa Gonzálezla
sometía a un casi despiadado proceso de manipulaciones y agrupó
los diferentes bloques de la exposición con títulos reveladores:
"Deseos", "Vértigos de identidad", "Territorios"
y "Silencios". Con esta serie abordaba aspectos vitales y
sociales relacionados con los cambios producidos en la situación
de las mujeres en las sociedades desarrolladas, un terreno complejo
y contradictorio donde se superponen los papeles tradicionales del cuidado
de la casa y los hijos con el trabajo remunerado; doble jornada real
agravada por una presión exterior que, a través de la
publicidad, proyecta un tipo de mujer perfecta, diestra ama de casa,
madre dedicada y amorosa, a la par que hembra atractiva, deseable y
siempre dispuesta sexualmente; es decir, un modelo difícilmente
creíble y, sobre todo, agotador si se pretende asumir, pero no
por ello menos alienante y presionador en el imaginario femenino y,
lógicamente, en el más interesado imaginario masculino.
No es ésta
la única ocasión en que Marisa González se ha ocupado
en su obra de aspectos directamente sociales, de aquéllo que
nos afecta en lo cotidiano a hombres y mujeres (ya en la Corcoran, en
su etapa de estudiante, había expuesto la secuencia de un rostro
de mujer que grita, que intenta taparse la cara con un gesto de terror
frente
a la agresión, una agresión más inquietante, si
cabe, porque ignoramos su origen; es allí, donde no se dice,
donde no se señala, donde no se da a ver, el lugar en el que
la imaginación construye los más terribles fantasmas).
El tema de la violencia,
de la violación, de la explotación sexual, de la soledad,
el individualismo, o la manipulación genética son asuntos
que ha ido abordando a lo largo de esta última década.
Aunque nunca haya realizado un trabajo de documentación o reflejado
directamente los temas, no por ello el sustrato ideológico sobre
el que se han erigido sus imágenes ha perdido intensidad.
En 1995 presentó "Viaje a Onil", una serie de imágenes
intervenidas también por ordenador, que giraban en torno al juego,
la infancia, la memoria; suerte de viaje real y metafórico donde
parecían confluir sueño y realidad. Marisa González
había visitado una fábrica de muñecos seleccionando
un cargamento de cabezas, extremidades y cuerpos que eran en realidad
material de desecho, defectuoso. Me pareció entonces que, tras
un trabajo relativamente beligerante respecto a la realidad, había
optado por una mirada que se volvía hacia adentro, hacia los
pliegues más oscuros de la experiencia. La infancia como mito
de una edad de felicidad y pureza es, con demasiada frecuencia, insostenible.
La artista parece encarar un trabajo introspectivo que se impregna de
melancolía; esos muñecos en fase de elaboración,
inacabados,
no encarnan ese supuesto mundo de juego y protección en el que
todo es posible, sino que observan desde la oscuridad de unos ojos vacíos.
Desasistidos y patéticos, casi como una fantasmagoría,
encarnan como pocas imágenes lo siniestro, una fatalidad de muerte.
La artista escribía en un texto introductorio: "El modelo-molde
del cuerpo externo
perturba el mítico idilio de la primera inocencia. No hay eje,
ni tronco, ni origen,
sólo moldes, extremos, límites, silencios, afectos y sueños".
Al hablar de molde introduce una idea que reaparece más tarde
en sus trabajos más recientes, la copia, la clonación,
la manipulación genética, la intervención humana
sobre la naturaleza, no ya a través de los medios utilizados
desde siempre, pues el ser humano se caracteriza por introducir modificaciones
radicales y muy frecuentemente irreversibles en su entorno, sino de
ese paso más allá que supone la manipulación genética
que ya han permitido los avances científicos y tecnológicos:
clonar, reproducir, copiar. Marisa González habla a través
de estas fotografías de la insondable soledad del individuo contemporáneo
y de sus nuevos terrores, vértigos y frustraciones.
En los últimos tres años ha dirigido su atención
en este sentido: la alteración, lo monstruoso y deforme que la
naturaleza produce por su cuenta o ayudada por la intervención
humana. "Desviaciones" eran imágenes de frutos encontrados
limones donde las malformaciones ampliadas por el objetivo
de la cámara y su posterior intervención digital creaban
un universo que remitía a lo humano; texturas de piel, de pliegues,
de cavidades y hendiduras, de protuberancias que se asociaban de forma
evidente con los órganos sexuales; era una especie de impresionante
topografía sensual y sexual a la que sumó la presencia
física de aquellas formas, los frutos se extendieron junto a
las imágenes, una gran alfombra, una gran mancha deslumbrante,
amarilla y orgánica que mostraba en directo su proceso de descomposición.
En su última aparición ARCO 2000 continúa
esa exploración que bajo un aspecto llamativo y casi espectacular
retrabaja la idea de lo monstruoso, pero también la idea de aquéllo
que se sale de la norma, lo diferente, lo otro. El rojo de las fresas,
su textura brillante, las oquedades y protuberancias construyen de una
manera directa imágenes perturbadoras.
"Las deformidades orgánicas, escribe el caos
genético en el orden establecido, han construido un orden formal
con referencias a lo interior, a lo más íntimo, el cuerpo".
Son formas a veces amenazadoras, otras directamente eróticas
que exaltan la fisicidad, la exploración del cuerpo, la sexualidad,
pero que también resultan siniestras, pulsión de vida
y de muerte.
La atracción por lo efímero (los materiales procedentes
de desecho, los elementos descontextualizados pero que arrastran su
propia historia), la serialidad y el proceso son aspectos que de diferentes
formas aparecen una y otra vez en el trabajo de la artista. Se podría
decir que en el fondo de estas opciones se encuentra una voluntad, no
sólo transgresora y deconstructiva, sino también empeñada
en poner en duda lo que denominamos realidad (distorsionar lo que entendemos
como real para darle una más intensa encarnadura), un trabajo
que atañe directamente al ámbito de la percepción
y que paralelamente reflexiona sobre el tiempo, tanto real como experiencial.
Ese tiempo de la experiencia y la memoria personal son para ella una
especie de materia, la materia conceptual con la que Marisa González
construye la obra. Y es quizá en esta exposición, que
le ha permitido desarrollar ampliamente un proyecto erdaderamente complejo
y extenso, donde se aprecia con mayor nitidez. Se podría decir
que en algunos trabajos suyos lo que nutre, lo que alimenta la obra
y la sostiene más allá de su calidad formal, es una especie
de lucha contra la desaparición, una obsesión por preservar
la memoria de las cosas, de lo vivido, de aquéllo que alguna
vez ha sido "real", de los seres, de las vivencias propias
y ajenas,
de los rastros dejados por los otros. Pero no se trata de una mirada
nostálgica, no está empeñada en tejer con los hilos
de la melancolía; se trata de un desasosiego frente a los procesos
de la vida, su velocidad y la forma en que desaparecen algunas cosas
fundamentales; se trata de una lucha contra la muerte y, sobre todo,
contra el olvido individual y colectivo, pero es, además, la
cristalización de una actitud que encierra, por encima de todo
lo demás, algo que podría definirse como tenacidad de
la existencia. De ahí los encadenamientos, que una imagen de
forma insistente y obsesiva siempre nos remita a otra, y ésa
a otra, y aquélla a una nueva, una suerte de circularidad construida
a través del deseo y la necesidad de entender el mundo y la experiencia
de vida como una acumulación con múltiples conexiones
hacia atrás y hacia delante, donde el presente se configura a
base de fragmentos de historia, memoria y expectativas, pero también
a base de una fragilidad que resulta ser, al fin, extraordinariamente
poderosa.
Ése es el trabajo que nos cede Marisa González, un trabajo
que nos habla, con radical intensidad, con generosa opulencia, de la
VIDA.
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